SIMPLE: planear para ejecutar

Planeación suele ser un término confuso, incluso para los que saben del tema.

¿Hasta dónde es estrategia y hasta dónde táctica?
¿Dónde entran conceptos aparentemente estáticos como misión, visión, valores o propósito?
¿Es posible planear sin hacer un ejercicio estratégico?
¿Vale la pena invertirle tiempo en compañías o áreas pequeñas?
¿En qué momento el ejercicio se convierte en acciones concretas?
¿Cuándo aparece un presupuesto realmente controlable?

Para algunos, planeación es una palabra gastada o un concepto aburrido que es mejor no tocar. Para mí es el sustituto de la bola de cristal, un potenciador de la autoestima y motivación empresarial, un antídoto contra el miedo de hacer, una lista de tareas ejecutables con sentido y un número concreto.

Un plan bien hecho es una lista de decisiones que se traducen en acciones concretas. Acciones que, al ejecutarse, deberían llevar a la empresa o a la persona a cumplir su meta sin perder el foco ni la esencia: el por qué.

Cualquier metodología que, conectando con esa esencia, ayude a dar foco y a definir actividades de manera coherente y realista es válida. Algunas priorizan la acción sin mayor cuestionamiento, otras están diseñadas para profundizar en el por qué y en el foco. Cada empresa debe elegir la metodología dependiendo de qué tan claro tenga lo que es y lo que quiere, qué tan cambiante sea su industria, su experiencia planeando, y los recursos y el tiempo disponibles.

Simple, planear para ejecutar, está diseñada para quienes necesitan planear de forma ágil, actuar con foco y avanzar de manera ordenada. Puede usarse para planear la internacionalización de una empresa, construir su plan comercial o diseñar el plan de carrera de un emprendedor o un ejecutivo.

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