Al que sale le da el viento

Los viajes son la mejor herramienta para desarrollar nuestra creatividad y aprender a ver los problemas desde otra perspectiva.

La primera vez que me monté en un avión estaba en el colegio, no recuerdo la edad exacta, pero podría asegurar que por debajo de los 10 años. Era un paseo escolar a Bucaramanga, Santander. Al aterrizar, sentí un fuerte ruido y lo que me pareció una fuerza notable para poder frenar el avión. “Este piloto debe quedar súper molido en los pies de hacer tanta fuerza para frenar”, dije en voz alta. Lo cual generó risas entre quienes me escucharon y me explicaron que los aviones no frenan como los carros, no es con el pie y tampoco se usa una palanca.

Recordé esta anécdota hace poco en una conversación con Liliana Rodriguez Ramirez que vivió muchos años en Australia y se prepara para una nueva etapa en Nueva Zelanda. Hablábamos sobre escobas y, para curiosos como yo, la escoba filipina, según Lilo, es la mejor de todas: hecha de paja, con un palo corto y con una forma que te permite entrarles a los rincones más difíciles.

En mi casa siempre decían que al que sale le da el viento. Y estos recuerdos o conversaciones banales me hicieron entender la importancia de viajar con una mente abierta.

En el libro de Zigzag, el autor nos propone 8 habilidades que, al desarrollarlas, nos convierten en personas más creativas, por lo tanto, grandes solucionadores de problemas. Los primeros 4 son vitales: hay que preguntar, aprender, buscar y reflexionar. Hay que sumergirse en ese lugar, observar atentamente y hablar con las personas que lo habitan. Es la manera de absorber esas ideas y luego integrarlas en la solución de problemas en los negocios o en nuestra vida.

En el 2022 me invitaron a un paseo en Inírida para conocer los cerros de Mavecure. Llegué a este lugar después de un vuelo que me pareció eterno (1,36 minutos); nunca había volado dentro de Colombia por más de una hora. La situación política del país me tenía totalmente estresada y los resultados electorales me parecieron el peor de los presagios; en conclusión, estaba en modo: TODO ES MUY GRAVE y no hay solución.

Al llegar a Inírida nos dieron nuestro primer paseo por el río y conocimos algunas de las comunidades indígenas que viven cerca de la ciudad. Allí las carreteras son los ríos, no hay montañas ni llanuras, solo selva y agua; viven lejos de todo (desde la perspectiva de una paisa), montar en lancha, ver nutrias, pájaros y delfines rosados me invitó a la calma.

Lo más importante lo entendí al subir los cerros. No existe un paisaje más hermoso que kilómetros de selva y ríos, Venezuela está cerca y las fronteras no son las que aprendí en el colegio. Allí la interacción entre comunidades es completamente diferente. Al llegar a la cima pensé: “Aquí a NADIE le importa quién es el presidente. Nadie está preocupado”. De repente mi problema pasó de gravísimo a un “esperemos que pasa".

Viajar no es solo desplazarse a otros países, es la oportunidad de conocer nuestra región, ciudad, otras empresas y de aprender de las experiencias de otros para darte cuenta de que tu problema no es tan grave, que hay soluciones diferentes (se puede frenar con un botón) y que hay muchas ideas que puedes integrar a tu negocio para darle un valor agregado a tus clientes.

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No es disciplina, es prioridad: planear en un año que no da tregua

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